miércoles, febrero 03, 2016

A Ansotegi le falta un aplauso

Ansotegi, despedido por sus compañeros.
Cuando Jon Ansotegi finalizó este martes su última rueda de prensa como jugador de la Real, recibió el aplauso que suelen cobrarse sólo los más válidos y apreciados cuando se despiden. Ansotegi, a lo largo de los diez años que ha vestido la camiseta txuri urdin, se ha ganado el respeto de todos. El del club, el de sus compañeros, el de la prensa y el de la grada. Ese ha sido su gran triunfo en el fútbol que todavía no abandona. Anso nunca se creyó el mejor porque nunca lo ha sido. No ha tenido esa falsa modestia con la que se infla el orgullo de estos millonarios inconscientes que son los futbolistas de hoy en día. Siempre conoció su lugar. Por eso, nunca ha provocado problema alguno en público, jugara o no, estuviera o no de acuerdo con el entrenador de turno. Por eso, es difícil recordarle sin ejercer ese papel de capitán que tan bien le sienta. Por eso, cada vez que saltó al campo, aún sabiendo que él no era el jugador que se llevaba los aplausos, se dejó la piel por la camiseta que vestía.

Ese tipo de jugadores es el que cualquiera quiere tener en su vestuario siempre, porque con ellos se construye un grupo sólido. Despedirle es una mala noticia, por poco hueco que tuviera ya sobre el césped, pero verle llorar en su despedida es, paradójicamente, algo gratificante. Cuando el fútbol se ha convertido en un deporte de ídolos caprichosos y a veces hasta insensibles al fervor de los aficionados que sustentan su sueldo, es reconfortante comprobar que alguien siente de esta forma los colores de la camiseta que abandona pero que nunca dejará de querer. Ver a un tío de 34 años y casi dos metros de altura llorando en su despedida de un equipo es esperanzador. Nos reafirma en que se puede llegar a competir al más alto nivel con semejante nivel de cariño hacia el club en el que uno desarrolla su carrera profesional. Y algo nada baladí, nos devuelve la fe en la cantera, esa fe que hace que incluso quienes no son virtuosos del balón pueden llegar a vestir la camiseta de la Real gracias a que su fe, su corazón y su cariño por el escudo son capaces de mover montañas.

Anso no ha sido, no es un mal central, que nadie piense lo contrario. Pero sí es uno que habría encajado mucho mejor en el fútbol de hace algunos años que en el actual. Siempre supo que en la pareja que formó con Mikel González, y no hay que olvidar que esa es la que nos condujo a Primera División tras tres años en el infierno de Segunda, no era el mejor. Y por supuesto jamás se vio superior a ese joven ciclón llamado Iñigo Martínez, que fue en la práctica quien le alejó casi definitivamente de la titularidad cuando dio el salto al primer equipo. Pero han sido 226 partidos los que ha jugado con la camiseta txuri urdin, más de los que disfrutaron Epi, Cholín, Bagur, Esnaola o Periko Alonso, desde aquel 22 de enero de 2006 en el que debutó, no podía ser de otra forma, con el Athletic de Bilbao como rival hasta el duelo copero ante Las Palmas del pasado 16 de diciembre. Y fueron 11 sus goles, todos ellos en Liga, desde el que le hizo al Málaga 1 de abril de 2006 hasta el que le hizo al Betis el 15 de diciembre de 2013.

Es verdad que sólo se ha podido considerar titular en Segunda, y eso mismo le hizo disputar 40 partidos de Liga en la inolvidable temporada del ascenso, la 2009-2010, o incluso en la temporada del descenso a Segunda, la 2006-2007, cuando fue titular en la mitad de los encuentros. Pero siempre estuvo ahí. Siempre cubrió los huecos que dejaban los titulares con eficacia y dignidad. Esa trayectoria, de diez años, de 19.218 minutos sobre el campo llevando el escudo de la Real en el pecho, con momentos tan bonitos como el ascenso o la Champions (¿alguien no se ha emocionado cuando Ansotegi ha recordado lo momentos en los que pudo llevar el brazalete de capitán en la máxima competición continental?), merece todo el reconocimiento de los realista. Lo tiene, lo ha tenido siempre, porque Anso ha sido valorado en todo momento por los aficionados y por la prensa como lo que era, un pedazo de profesional.

El aplauso con el que ha acabado la rueda de prensa en la que se ha despedido es el que le damos todos los aficionados de la Real. Pero justo ese es el aplauso que ha faltado, el de todos. Ansotegi merece una despedida en Anoeta. Merecía que hubiera llegado en junio, y no en un mercado invernal y a última hora. El ya ex realista se ha ganado sentir el cariño de un campo que esté mucho más lleno de lo que se está viendo en los últimos partidos de la Real en casa. Si no lo ha recibido ya es, entre otras razones, por la errática política de renovaciones y cantera que está demostrando la Real en los últimos tiempos, la misma que lleva a subir a la primera plantilla a jugadores que no van a tener minutos y a renovar efectivos con los que no se cuenta. Anso debió dejar la Real en junio y no se sabe muy bien por qué, si no iba a jugar, se le renovó. Quizá para no afear una despedida tan hermosa con preguntas impertinentes sobre este tema, la despedida de Ansotegi ha sido algo solitaria. Sí, ha estado el consejero Ángel Oyarzun. pero una despedida de esta envergadura merecía la presencia del presidente, Jokin Aperribay, y del director deportivo, Lorenzo Juarros, que sí estuvo en la sala de prensa pero no con él en la mesa.

Y sí, falta un aplauso. Puede que ya no lo escuche Anso como futbolista profesional, pero lo tendrá que recibir antes o después. Por el momento, que lo sienta con fuerza en su corazón txuri urdin, porque todos estamos aplaudiendo. Gracias, capitán, y hasta pronto.