jueves, mayo 28, 2026

Resumen de la temporada 2025-26 (3) La flor de Rino, la cruz de Sergio Francisco

Para analizar la temporada 2025-26 desde el banquillo hay que saltarse el orden cronológico. La temporada la inició Sergio Francisco, pero la ha marcado Pellegrino Matarazzo. Decía el primero en la entrevista que concedió tras la consecución del título de Copa que no veía notables diferencias entre las dos etapas, pero las ha habido. Y muy trascendentes. No solo por el hecho de que Matarazzo ha pasado a la Historia por el título logrado (del que Sergio Francisco, aunque dijera lo contrario, también es partícipe en cierta medida), sino porque las sensaciones, por muy tocadas que hayan quedado con el triste final de temporada, fueron muy distintas. Reconocerlo no implica hablar mal de Sergio Francisco. En el fútbol no siempre se triunfa por mucho que uno ponga de su parte y los condicionantes de la etapa del primer entrenador del curso son contundentes. Pero la temporada 2025-26 es, por derecho propio, reino de Rino Matarazzo.

Llegó a la Real como un desconocido, pero teniendo experiencia. Llegó como un entrenador en el que pocos confiaban por no tener referencias sobre él, pero se ganó a todos desde el primer día, desde que cogió a un equipo alicaído y le metió adrenalina en las venas. No llegó a cercenar los males que aquejaban al equipo, sobre todo los defensivos, pero le dio de muchas más armas para hacer frente a las adversidades. Por encima de todas ellas, la fe. El fútbol es un estado de ánimo y el norteamericano es un motivador de primer orden, por muy tranquilo y sosegado que se le vea cuando atiende a la prensa. El Matarazzo real es el que vive los partidos en la banda, el que se come a los cuartos árbitros cuando lo considera necesario aunque eso le haya llevado a bordear un partido de sanción por acumulación de amonestaciones. Es el que grita, salta y celebra con el puño. Es, y esas expresiones se han usado durante la temporada, puro rock and roll, puro caos, aunque controlado desde su formación matemática.

Es evidente que Matarazzo no ha podido frenar la sangría de goles (solo dos porterías a cero en Liga y otras tantas en Copa, 36 goles encajados en 22 partidos ligueros, una media de 1,6), pero también que ha potenciado dos elementos clave que van interconectados: por un lado, el potencial ofensivo del equipo (38 goles en ese mismo tramo, 1,7 por partido); por otro, una capacidad de reacción que parecía olvidada en Anoeta. No se imagina a la Real de Sergio Francisco, ni siquiera a la de Imanol, remontando como lo ha hecho la de Matarazzo en la Copa ante Osasuna o Alavés, o en Liga ante el Betis o el Alavés, aunque en ocasiones haya habido disgustos en el descuento. Haberlo visto en tantas ocasiones indica que no es una casualidad, sino algo que en el vestuario se conoce y se impulsa. No rendirse cuando el marcador aprieta es una virtud increíblemente valiosa, sobre todo si se reduce la necesidad de aplicarlo o, en otras palabras, se consigue una mayor frecuencia de victorias sin necesidad de encajar antes. Parecía una flor, pero era una forma de ser. La entereza mental del equipo se ha visto también en las dos tantas de penaltis: situaciones que, hace no tanto, eran motivo de bajar la mirada por si acaso ahora han desembocado en un título.

El análisis real a la labor de Matarazzo, en todo caso, está condicionado en todos los sentidos por la Copa. Llevar a la Real a un título es histórico y hay que valorarlo de esa manera, sin ninguna duda. Haberlo ganado en abril cambia por completo el análisis de todo lo demás. Matarazzo supo elevar el nivel del equipo en los meses previos para llegar a la final en lo más alto, y eso, emocional y futbolísticamente, tuvo consecuencias claras en el último tramo de la temporada, uno en el que solo la honra y la recaudación para el club importaba, sobre todo cuando se confirmó matemáticamente la permanencia en Primera. Aún así, en ese periodo hubo luces, las batallas ante Betis y Rayo, por ejemplo, por mucho que los sinsabores fueran mayores, como la tristísima derrota en Sevilla o la directamente inadmisible ante el Valencia en Anoeta. Ocho jornadas sin ganar es una losa para cualquier entrenador, pero analizarlo desde la frialdad de esos números es completamente injusto. Es un aviso, eso sí.

Esos números recordaron en parte a los que registró la Real de Sergio Francisco en el arranque de la temporada, con una sola victoria en los nueve primeros partidos. El único triunfo llegó, precisamente, cuando la Real no encajó. El 1-0 ante el Mallorca fue la mejor explicación de lo que buscaba Sergio Francisco y la endeblez defensiva le privaba de alcanzar. Lejos eso sí de la adrenalina de Matarazzo, el entrenador que empezó el curso tuvo que adaptarse, hubo reacción ante el Sevilla y, sobre todo, ante el Athletic, pero la fragilidad era todavía mayor, como evidenciaron derrotas difíciles de digerir como las de Oviedo, al final colista de la categoría, o Vitoria. Y quizá lo más preocupante era ver que, incluso en días en los que se hacían muchas cosas bien, como ante el Villarreal en Anoeta, los resultados no llegaban.

A Sergio Francisco le pesaron, en todo caso, dos factores muy importantes. El primero, la herencia. La Real decidió darle el banquillo emulando lo que en su día hizo con Imanol. Ascender al técnico del Sanse es un movimiento lógico, pero en su caso le cayó encima una mochila que en buena medida no le correspondía, pero de la que tampoco intentó desprenderse. Su esquema, su juego, sus ideas, eran muy parecidas a las de Imanol, y la era de Imanol, brillante a todas luces, acabó viciada.  El desánimo de una parte notable de la afición y, sobre todo, de la plantilla, se volcó en esta temporada desde que se apreció que la primera victoria se resistía. Eso no llegó hasta la sexta jornada y, de alguna manera, ya en ese momento parecía tarde para salvar la cabeza de Sergio Francisco, aunque se mantuviera en el cargo hasta mediados de diciembre.

El segundo factor que jugó en su contra, uno del que nunca se sabe qué porcentaje de responsabilidad tiene, fue la planificación. La Real le nombró entrenador del primer equipo antes de que finalizara la pasada campaña y, de hecho, dejó el Sanse para poder centrarse en el proyecto en Primera. Pero ese tiempo no se vio reflejado en nada. Si realmente pidió un centrocampista, no tiene sentido que se esperaba al final del mercado para incorporar a Yangel Herrera, y que encima llegara lesionado. Si se tenía claro que no se contaba con Pacheco o Urko, no hay razón para que empezaran la Liga con la Real. Si Sadiq era el jugador del que más se quería prescindir, no había necesidad de darle minutos por delante de un jugador al que se ha cercenado por completo la progresión, Karriburu, sin que sepamos qué parte de responsabilidad es la de un delantero al que no hemos visto en la élite, Y si Odrizola estaba como le vimos en Barcelona cuando no quedó más remedio que contar con él, no se entiende que Sergio Francisco no lo viera.

Matarazzo y Sergio, con sus condiciones externos y con su trabajo, se han mostrado como dos técnicos muy diferentes. Los resultados, en todo caso, mandan. A Sergio Francisco le hundieron; a Matarazzo, incluso con ese final, le han aupado.

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