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| Iñigo protagonizó varias arrancadas. |
Dijo Eusebio en la rueda de prensa previa al partido que no se arrepentía del once y del planteamiento que dispuso en el Vicente Calderón, pero era evidente que no iba a repetir en dos ocasiones consecutivas un mensaje tan claramente derrotista. Ante el Levante volvió el mejor plan que puede alinear el técnico ahora mismo, con ligeros matices que sí se pueden debatir. Las únicas dudas que habían eran un central y un centrocampista. En el primero de esos duelos, Reyes le ganó la partida a Mikel, y en el segundo Xabi Prieto a Granero, dejando claro que para Eusebio el capitán tampoco entra en rotaciones de forma habitual sea cual sea su estado de forma. Esa, de hecho, fue una de las perores decisiones del técnico, porque el capitán no encuentra su mejor versión. Ni se acerca. Y es una pena, porque es muy llamativo el desequilibrio con Oyarzabal, que sigue siendo de lo más destacado del equipo. Es más, dejar a este chaval en el banquillo se ha convertido ya en una decisión incomprensible.
La forma en la que la Real saltó al césped de Anoeta fue peculiar. El partido se jugó a un ritmo alto y con un riesgo evidente. No es que eso sea reprochable, pero en los tiempos del equilibrio y el control casi sorprende que un partido se juegue como antaño, a ver quién acierta más en ataque en lugar de a quién defienda mejor. Quizá por eso, la primera ocasión del partido fue un disparo de Morales que no encontró portería. Y quizá por eso Oyarzabal fue claramente el mejor realista en esos minutos de arranque del partido, siendo un incordio constante para la defensa del Levante y coronando francamente bien la insistencia por las bandas del equipo txuri urdin. Con Illarramendi y sobre todo un espléndido Rubén Pardo hartándose a robar balones en el centro del campo, el problema de la Real era que no conseguía poner buenos centros, porque la superioridad por las bandas la lograba prácticamente en todas sus jugadas de ataque.
El 1-0 pudo llegar desde el punto de penalti, cuando Vela fue arrollado por la espalda dentro del área, pero Pérez Montero, que perdonó varias amarillas al Levante amparándose en la ley de la ventaja, no paró el juego. Casi a continuación, Jonathas también reclamó una pena máxima que, como su caída en el Calderón, no pareció gran cosa. Pero en ese córner, la Real sí consiguió adelantarse. A falta de un primer remate, el balón botado desde la esquina acabó llegando a Yuri, que puso la directa hasta la línea de fondo, sorprendió a la defensa levantinista, y su centro lo cazó Reyes, que se quedó libre de marca y disparó con todas sus fuerzas contra el cuerpo de Mariño, que no acertó a evitar el gol. Su rabia al celebrarlo demostró que no se ha olvidado de que su autogol comenzó a cavar la tumba de la pobre Real que se vio en el Calderón. Jonathas debió hacer el 2-0 casi a continuación, pero su cabezazo, en muy buena posición, salió flojito, y Oyarzabal confirmó lo mucho que alteraba al Levante forzando la amarilla para Feddal.
A pesar de que el partido pintaba francamente bien con el gol que abrió el marcador, la Real perdió el control durante unos pocos minutos. En ese tramo, Verdu pudo empatar, pero su volea picada contra el suelo se marchó sin encontrar portería. Lerma lo intentó con un fantástico disparo desde fuera del área que Rulli repelió con muchísima solvencia. Pero en el subsiguiente córner sí llegó la igualada. Fue un gol bastante extraño, y que probablemente el guardameta argentino de la Real debió evitar. El lanzamiento desde la esquina llegó hasta la frontal del área pequeña, en una situación en la que Rulli debió salir con firmeza para coger el balón arriba, donde no pueden llegar los delanteros. No lo hizo, hubo un despeje de Reyes y el mexicano, en el suelo, estorbó ligeramente al arquero, que no pudo evitar la vaselina en la que se convirtió el cabezazo a puerta de Deyverson. A la Real le tocaba otra vez remar, y lo cierto es que lo hizo bastante bien, sobre todo a partir del descanso, pero el gol del triunfo debió llegar ya en la primera mitad.
El recital de centros de Oyarzabal, menudo partidazo el suyo y menudo esfuerzo que Anoeta reconoció como se merece, comenzó a la media hora. Un envío precioso con rosca lo desaprovechó Vela de forma incomprensible cuando todo Anoeta, las más de 18.000 valientes que desafiaron a la lluvia, ya estaba cantando el gol. La insistencia de la Real provocó el embotellamiento del Levante en su propia área, y sólo el desatino en los centros, destacando un francamente pobre Xabi Prieto, impedía que el claro dominio txuri urdin se transformara en ocasiones claras de gol. Si el tramo final de la primera mitad fue así, la segunda parte no hizo más que acentuar el dominio realista. A ello contribuyó que Eusebio no esperase ni un minuto para dejar fuera a Prieto y colocar a Granero en el campo. Y aunque la primera ocasión tras el descanso fue para el Levante, un disparo de Toño García que Rulli envió a córner, el segundo tiempo fue un monólogo realista, con un corazón inmenso que por ejemplo Iñigo personificó con varias arrancadas desde la defensa.
La primera gran ocasión para la Real fue un disparo de Vela, una de sus habituales roscas desde la izquierda. Aunque el tiro sí se pareció mucho a los que el mejor Vela ha mostrado en la Real, se le fue arriba. Pérez Montero, todo un cómplice de las pérdidas de tiempo del Levante (tres minutos de descuento, el estándar inmutable cuando cualquier equipo quiere sacar un empate de Anoeta) y en las faltas con las que se ensañaba con jugadores con dorsal del filial, señaló a instancia de su asistente un inexistente fuera de juego de Vela cuando encaraba solo a Mariño. Jonathas, en el único balón que pudo controlar de forma decente, fue derribado por Verza, que vio la amarilla. Oyarzabal probó fortuna entrando como una flecha en carrera tras un buen pase de Granero, pero su disparo se fue arriba. Y ahí es cuando Eusebio debió mirar a su banquillo y asumir que su convocatoria tenía un gravísimo error. Puso a Bruma en el campo, retirando a Pardo. Y después de eso, ¿qué? Sólo le quedaban centrales y laterales. Así que después de eso, nada. En un partido de una enorme exigencia física, la Real no agotó sus cambios porque no tenía con qué agotarlos en este escenario.
A Eusebio no le quedó más remedio que encomendarse a lo que tenía en el campo. Y la verdad es que debió ser suficiente para ganar. Bruma, que como siempre combinó buenas acciones con otras en las que no parecía saber qué estaba haciendo, puso un centro que Vela remató de cabeza de forma forzada. A continuación, con un pase excepcional, Oyarzabal dejó completamente solo a Bruma, que puso muy bien el cuerpo para permitirse el disparo, pero incomprensiblemente este no encontró portería. El propio Oyarzabal, que estaba en todas, remató alto en posición forzada, y el chaval fue el encargado de poner una nueva asistencia de oro para que Bruma tampoco fuera capaz de hacer el ansiado 2-1. En los diez minutos finales, el gol pudo llegar más por empuje que por fútbol o por ocasiones claras, pero la Real ya había merecido con creces el triunfo. El Levante, con muy poco, fue capaz de sacar el punto que perseguía y con el que parecía conformarse desde que logró el gol del empate. La Real, extenuada, se quedó otra vez con la miel en los labios.
Eusebio paga con este inmerecido empate el peligro de no tomar en serio todos los partidos. No salir a disputar el encuentro del Calderón ha hecho que los dos pinchazos consecutivos en Anoeta penalicen todavía más. Europa se va y el equipo txuri urdin, a falta de diez partidos, corre el riesgo de terminar otra temporada más en tierra de nadie, sin peleas y sin objetivos. Le queda, efectivamente, una bala, y es que el calendario ha tenido a bien enfrentarle la próxima jornada contra el equipo que ostenta ahora mismo la séptima posición, el Celta. Si la Real no vence en Balaídos, esa posición quedará a un mínimo de siete puntos, que podrían llegar a ser diez. Una remontada de más de un punto por jornada se antoja una tarea titánica. La Real está pagando su pésimo arranque de temporada, su mala planificación y su puntual desidia en momentos clave de la temporada. Y es una lástima, porque, si se piensa en la irrupción de Oyarzabal, esta temporada tenía todavía más mimbres para ser importante.













