Hay que tener en cuenta que Sevilla está a más de 900 kilómetros de Donostia. El viaje no es precisamente de los más sencillos de hacer para la afición txuri urdin y la respuesta fue espléndida. Podemos debatir lo que queramos sobre el criterio de reparto de las entradas o sobre si la venta se hizo de la mejor manera posible. Cada uno, en defensa de sus intereses por sus circunstancias, tendrá su opinión. El que lleve 20 años de socio se quejará de que sean 25. El que haya ido a todos los partidos lamentará que quien va a la mitad tenga entrada. El que no puede ser socio, por distancia o por economía, sentirá para siempre no haber tenido ni siquiera opción de tener una entrada. Es imposible acertar y hay que asumirlo. A partir de ahí, lo que queda es el maravilloso espectáculo que se dio con dos condicionantes adicionales: el dinero y el rival, un Atlético de Madrid con el que, no importa cuánto tiempo pase, el recuerdo de Aitor Zabaleta siempre va a estar presente. La Copa es tan suya como de todos nosotros.
El dinero cuenta. Es absurdo pedir a alguien que se gaste el sueldo de un mes en la gestión de un viaje para ver una final de Copa. Los precios de las entradas son ofensivos, la carta blanca que tienen los hoteleros para disparar el coste de una pernoctación es sencillamente delirante y la absurdez de tener un convenio firmado por x años para llevar la final a un campo concreto desnivela las posibilidades de las dos aficiones. Por algo se pactó La Romareda cuando Real Sociedad y Atlético de Madrid se vieron las caras por primera vez en una final de Copa. Por algo Sevilla beneficiaba claramente al Atlético, como dio la sensación también de hacerlo el reparto de las entradas o incluso la ocupación de ese gigantesco e injustificable cupo que se queda la Federación. Pero dio igual, por mucho que la retransmisión de TVE dejara silenciados los micrófonos de ambiente del lado txuri urdin, quien estuvo en La Cartuja, quien ha visto vídeos allí grabados o incluso la cámara que llevó el árbitro del partido, sabe que la Real tenía de verdad al jugador número 12 en la grada.
La Copa dio a la afición una alegría que necesitaba en una temporada que no ha sido fácil, y eso es algo que los propios datos relativos a la hinchada también refleja. Si miramos la asistencia a Anoeta, es evidente que algo ha fallado. En 16 de los 19 partidos de Liga y en uno de los dos de Copa se ha registrado un número de espectadores inferior a los 32.000 de aforo que tenía el viejo Anoeta, antes de su reforma. Dicho de otra manera, independientemente de horas, competiciones, rivales y estados de ánimo, el estadio donostiarra siempre tiene muchas localidades vacías. Demasiadas. Y más cuando hemos visto que en los partidos grandes la respuesta de la grada es maravillosa, desde la grada Aitor Zabaleta y desde cualquier otro rincón del estadio.No es este un debate fácil en absoluto y no hay solución que satisfaga a todo el mundo, como sucedió con el sorteo de las entradas para la final de Copa, pero es una cuestión que antes o después la Real como club va a tener que abordar. ¿Puede permitirse 10.000 localidades vacías en la mayoría de los partidos? Económicamente la pérdida no es cuantiosa, puesto que esas localidades en un alto porcentaje pertenecen a socios que acuden al encuentro y, como es lógico, estos ya han pagado su cuota, pero deportivamente no hay comparación entre jugar en una caldera o en un solar, aunque un solar bastante poblado.
¿Puede la Real obligar a un socio a ir a todos los partidos? Parece evidente que no. Pero si no lo incentiva, si no va creando esa cultura de ocupar el asiento vacío, el problema va a ser eterno y se va a agradar cuando la clasificación en la Liga no lleve a la Real a puestos punteros de la tabla o a rondas finales de competiciones eliminatorias. Esto es así. Y nadie quiere esto. O nadie debería de quererlo. Volvemos a las entradas de la final de Copa. ¿Podría haber decidido la Real garantizar entrada a quien hubiera superado un porcentaje casi perfecto de asistencia? Habría sido una buena medida para decirle a la gente que ir a ver al equipo, a apoyarle, tiene premio. Hay mil soluciones y ya hay clubes que las están adoptando. El fútbol está cambiando, pero la grada tiene que seguir siendo parte de su corazón. De lo contrario, este deporte perderá otro activo vital.
En este debate, no se puede perder de vista algo esencial. Este no es un problema solo de la Real. Si no hay zonas de aparcamiento cerca de Anoeta, si no hay un transporte público reforzado, si no se ponen facilidades asumiendo que buena parte de la masa social txuri urdin no es donostiarra, sino gipuzkoana (por no hablar ya de los realistas que defienden su escudo con orgullo lejos de las fronteras de Euskadi), llenar Anoeta es imposible. Para una cita importante, casi todo el mundo hace un esfuerzo, pero es injusto pedirle a todos los aficionados que hagan ese esfuerzo cuando la vida diaria nos atropella sin necesidad de añadir un partido a la ecuación.Otro punto del que hay que hablar es el propio aforo de Anoeta. Este verano se acomete una reforma más para añadir más butacas. Es una respuesta a las listas de espera para convertirse en socios, pero es cierto que puede sonar absurdo con esas 10.000 localidades vacías tantos días. Anoeta tiene que ser un estadio puntero, Jokin Aperribay lleva años trabajando en esa idea, y si quiere acoger grandes citas tiene que tener un aforo acorde. No tiene sentido quejarse de que Anoeta tenga 42.000 o 45.000 localidades porque la posibilidad del lleno está ahí. Otra cosa es que se den las circunstancias para lograrlo casi siempre, y de ahí que el debate tenga que ser profundo y de muchos implicados, la Real, sus gentes, pero también las administraciones.
Si vanos a las cifras, no hará falta decir que el partido de la temporada con mejor entrada fue el más ilusionante de todos, el de vuelta de las semifinales de Copa del Rey contra el Athletic, que congregó a 38.738 espectadores. Le sigue el derbi liguero contra el equipo bilbaíno, con 37.685 y los encuentros contra Real Madrid y Fútbol Club Barcelona, con 36.958 y 36.346 asistentes respectivamente. En el lado contrario, el partido al que menos gente acudió fue el Real Sociedad - Mallorca, con apenas 22.442 espectadores, aunque este choque se celebró en miércoles. Le sigue el último partido de Sergio Francisco, en el que solo estuvieron 26.122 personas. Esa imagen es la que toca corregir de alguna manera con decisiones que no tendrían que ser unilaterales.



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