Si tenemos en cuenta que solo en siete temporada de todas las que ha vivido la Real desde 1909 han terminado con un título, sobra decir que la campaña 2025-26 ha sido histórica. Mirémoslo de otra manera, el palmarés de la Real no ha crecido en 119 temporadas. Solo en siete. Y esta ha sido una de ellas. Si eso no es hacer Historia, ¿qué puede serlo? El título de Copa logrado en La Cartuja, el segundo que se logra en ese estadio sevillano, es, por todas sus circunstancias, uno de los momentos más felices de la historia reciente del club, por no decir directamente el más brillante, y buena parte de la temporada, se ha enfocado en ese momento o ha sufrido sus lógicas consecuencias emocionales. Pero es igualmente cierto que hay matices, que se ha tocado la gloria en una temporada que, como poco, podríamos tildar de desesperante por muchas razones.
Vayamos primero a lo trascendente, al título que la Real ha llevado a sus vitrinas, porque es un título muy merecido y ampliamente soñado desde que en 2021 el equipo txuri urdin se llevó la primera de las dos únicas finales disputadas sin público en la historia de la competición por culpa de la pandemia, una además retrasada un año para conseguir sin éxito que las gradas pudieran estar pobladas. Ese mismo número de títulos del que hablábamos, solo siete desde 1909, hace que ganar uno sin la gente sea una herida dolorosa, y más en una afición como la realista, que en sus desplazamientos en masas genera una ilusión gigantesca. La Real ganó en la final al Atlético de Madrid y lo hizo en los penaltis, ante el mismo rival y de la misma forma que lo hizo en 1987. En una de esas imágenes que recordaremos siempre, Mikel Oyarzabal alzó el trofeo al cielo de Sevilla para unirse al unánime grito de felicidad de la afición, de quien pudo estar en Sevilla y de quien no.
En esos ocho partidos de la Copa, siete eliminatorias incluyendo la final, se resume perfectamente lo que fue la temporada hasta que se consiguió el título. Primero, escasa brillantez en las rondas iniciales, reflejo de lo que ejecutaba el equipo en Liga, pero a la vez haciendo valer su superioridad profesional. Después, momentos de zozobra en la transición entre entrenadores, teniendo que apelar a la épica para superar una eliminatoria teóricamente favorable en el descuento. A continuación, una facilidad gigantesca para encajar goles ante rivales de la misma categoría y con una respuesta de incontenible caos absoluto para lograr remontadas que parecían olvidadas. Y finalmente, una batalla sin cuartel, una intención de no rendirse nunca, por grande que sea el obstáculo a sortear. Esa ha sido la Copa de la Real y esa ha sido la temporada de la Real, primero con Sergio Francisco, de forma interina en dos partidos con Jon Ansotegi y luego con Pellegrino Matarazzo.

¿Hacer Historia es suficiente? Lo es en muchos aspectos, en los más trascendentales, pero no en otros. En términos de felicidad, la Copa lo tapa todo, se mire como se mire. Pero si uno mira el desempeño del equipo durante toda la temporada en la Liga, es inevitable la conclusión de que es un equipo construido con deficiencias y ejecutado en muchos tramos de la campaña sin la intensidad necesaria. La Real no es un club que cese entrenadores a la ligera, y en esta temporada vivimos un cambio en el banquillo, lo cual habla a las claras de las sensaciones más poderosas que hemos vivido. La posición del equipo cuando se destituyó a Sergio Francisco no era dramática, pero las sensaciones sí parecían serlo. La Real se asemejaba a un equipo derrotado, resignado a encajar siempre y no remontar nunca, que encajaba goles de todo tipo, que marcaba poco y que incluso cuando luchaba hasta la extenuación no era suficiente. El derbi ante el Athletic, con el gol de Gorrotxategi en el descuento, fue la única luz verdadera de la efímera etapa de Sergio Francisco en el primer equipo.
El club había hecho una apuesta continuista cuando Imanol Alguacil dijo adiós a su exitosa etapa en la Real. Hizo lo mismo que con él, dar el mando al técnico de un muy buen Sanse que ya estaba en el brillante camino a la Segunda División. Lo que nadie esperaba es que, con margen suficiente por la fecha en la que fue nombrado para detectar los males que arrastró hasta su despedida el técnico de Orio, al que siempre le tendremos que estar agradecidos por muchas cosas en todo caso, vivieron una prolongación con su sustituto. Quizá por eso la Real hizo un giro tan claro cuando hubo de buscar un sustituto. Matarazzo tenía un perfil completamente diferente. Un técnico de fuera, desconocido para casi todos a pesar de haber entrenado en Alemania; norteamericano, algo que todavía tiene un cierto toque exótico hablando de fútbol; y amante del rock and roll sobre el campo, algo que provocó más de un sobresalto en una hinchada que había agotado ya su paciencia.
Las razones para ese cansancio que aportó la etapa de Sergio Francisco fueron, por desgracia, contundentes. Dos empates y tres derrotas sirvieron para abrir la temporada. En los 16 partidos que dirigió, la Real solo mantuvo su portería a cero en uno de ellos, el 1-0 al Mallorca en Anoeta. Llegó a ocupar puestos de descenso entre las jornadas séptima y novena, perdiendo ante Barcelona y Rayo y empatando con el Celta. Pareció sacar la cabeza con tres victorias en cuatro encuentros, con el ya mencionado derbi en Anoeta, 3-2 en el descuento, y el triunfo en El Sadar por 1-3, en dos de los mejores momentos de esta efímera etapa. Pero tras lograr ese resultado en Pamplona ante Osasuna, el equipo volvió a caerse. A pesar de hacer muchas cosas bien, el Villarreal se llevó el triunfo en Anoeta, la derrota en Mendizorrotza fue mucho más dura de lo que indicó el 1-0 en el marcador y cayendo en casa ante el Girona por 1-2 se escribió el último capítulo de Sergio Francisco en la Real.

La llegada de Matarazzo al club fue el revulsivo que se buscaba. Su puesta de largo ante el Atlético en Anoeta fue sobresaliente, quizá incluso una premonición de que la final de Copa sería ante los colchoneros, y con ese partido comenzó una notable racha, sumando 18 puntos en nueve partidos, superando ya en ese punto los 16 que había obtenido la Real de Sergio Francisco en siete partidos más. El equipo txuri urdin había pasado en ese tiempo de temer por el descenso a pelear por Europa, por mucho que esa lucha fuera mucho más pobre en puntuación que en la mayoría de las temporadas precedentes. Y lo hizo, además, en la Liga, llegando a tocar el séptimo puesto, y por supuesto en la Copa. Fue ahí donde se vio a la Real más pura de esta temporada, esa que recibía goles sin que los rivales tuvieran que hacer demasiado, pero que no ofrecía jamás la rendición. La eliminatoria contra el Athletic, un doble 1-0, incluso abrió la puerta a imaginar una Real que hubiera solucionado sus problemas defensivos. La victoria en la final, durísima final, no hizo más que apuntar esa imagen positiva de la Real.
Ganar un título es lo máximo a lo que se puede aspirar en una temporada, y la Real lo logró. Ahora bien, eso no explica el tramo final de la temporada. Cierto es que tiene que haber un bajón emocional, pero es jugar con las aspiraciones del club la caída libre que protagonizó el conjunto txuri urdin después de levantar la Copa. Ocho partidos seguidos sin ganar para cerrar la Liga, uno de ellos antes de la final, es una temeridad cuando la posición final en la clasificación determina los ingresos que va a recibir el club, incluso cuando las opciones de descenso, por remotas que fuera, todavía seguían sobre la mesa. Europa estaba conseguida, sí, pero la Real salió de La Cartuja con opciones reales de ser quinta y llegó a la última jornada con mínimas opciones de ser séptima y algún cálculo de acabar incluso bordeando el descenso, del que se libró matemáticamente con un sufrido empate en Girona en la 36ª jornada. Al final, con el 1-1 en Cornellá-El Prat ante un Espanyol igualmente salvado, la Real fue décima. Y por el camino arruinó el homenaje a Aritz Elustondo en su despedida con una derrota ante el Valencia, encajando dos goles en el descuento y contra diez jugadores.
La temporada es histórica. Si olvidamos las sensaciones sobre el campo, ¿quién no firmaría ser décimos en Liga y levantar un trofeo, ya sea la Copa o el de una competición europea? Prevalecen los éxitos, mucho más en un equipo que no ha gozado de tantos a lo largo de su historia. Pero los problemas están ahí. No puede haber conformismo cuando se ha cerrado la Liga como el equipo más goleado, con una barbaridad de 61 goles encajados, uno más que el Oviedo, colista y descendido a Segunda con varias semanas de adelanto con respecto al final del torneo. No puede haber conformismo viendo el rendimiento de futbolistas a los que se aventuraba un papel importante y otros que no parecían contar y que han acabado siendo vitales. Hay mucho trabajo por delante y Matarazzo, al menos, parece ser consciente de ello. Pero que eso no oculte que el único equipo que ha ganado un título en el fútbol español en los últimos dos años que no fuera el Barcelona ha sido la Real Sociedad. No minimicemos lo que es histórico a todas luces, por comprensible que sea la desazón final.