
Iñaki Badiola comenzó la temporada como presidente. Apostó muy fuerte por subir al primer intento, a pesar de que llegó al club en enero y los dos minutos de Vitoria le obligaron a trazar un plan B. Tal es la intoxicación informativa que aqueja a la Real que es muy difícil saber si ese plan B existía y estaba bien calibrado. Lo que sí parece obvio es que, en Segunda División, la Real no podía permitirse el lujo de esquivar la Ley Concursal. Badiola, en todo caso, tuvo que enfrentarse a demasiados enemigos. Demasiada gente, que se proclama realista, que no dudó en anteponer la caída del presidente al futuro del club. Como ejemplo, hoy podemos decir con claridad, y sin miedo a equivocarnos, que Díaz de Cerio no renovó por la Real gracias a este asedio a Badiola. También cometió errores, tanto la pasada temporada como ésta. No hay nadie perfecto. Pero eso no significa que deba ser masacrado sin importa que lo que se pisotea es precisamente a la Real.
El relevo en el sillón fue una muestra más de lo mal que se han hecho demasiadas cosas en la Real. La Junta de Accionistas del 20 de diciembre dejó una imagen tristístima, a la Ertzaintza teniendo que proteger al nuevo presidente de la Real, Jokin Aperribay, después de una asamblea tensa en la que éste ni siquiera pudo dirigirse a los accionistas. Los silbidos y los gritos de desaprobación de los realistas lo impidieron. Esa desaprobación tuvo mucho que ver con la forma en la que Aperribay se dio a conocer. Sólo parece haber dos opciones, o fue oscurantista o fue improvisada. La primera es mala porque, para variar, se hacía de espaldas al realista y, sobre todo, al pequeño accionista. La segunda es quizá peor porque demuestra que el único objetivo era derrocar a Badiola. Nadie le ponía cara antes de la Asamblea, puesto que dio a conocer su candidatura el día anterior a la Junta. Y le costó mucho tiempo dar a conocer sus planes tras ser elegido presidente. Pero hoy es el presidente de la Real, y eso tiene que contar para algo. No hay que omitir la crítica, pero hay que saber cómo y dónde hacerla.

Eso incluye a los medios de comunicación, que parecen vivir encantados en ese mundo frentista en el que se ha sumergido la Real. Para conocer la realidad del club, los realistas estamos obligados a leer cuatro o cinco periódicos y entrar en dos o tres foros diferentes. En cada lugar uno encuentra información necesaria. En cada uno encuentra detalles para complementar o contextualizar lo que ha leído en otro. Hasta el propio Badiola ha dado el salto a la trinchera informativa con un portal propio, después de haber tenido sus medios afines y contrarios (han perjudicado muchísimo los segundos) en el tiempo que ocupó la presidencia. Y todos, sin excepción, parecen haber escogido un bando. Alguno, de vez en cuando, parece darse cuenta de que el único bando posible es el txuri urdin, pero de momento predominan las orejeras que llevan a todos y cada uno de los actores en línea recta y sin salirse del camino marcado.
Y en medio de todo esto, la Real tendría que estar celebrando su centenario. Lo está celebrando, sí, pero seguro que no como a todos nos habría gustado. Quizá Badiola tenía asuntos mucho más trascendentes en su cabeza, quizá Aperribay sabe que no tiene dinero para celebrarlo y le ha faltado imaginación (aunque hay que aplaudir con entusiasmo su búsqueda de patrocinio de cien empresas, una por año, una gran inyección de dinero para este evento) para hacernos más partícipes a todos los realistas de este evento que no volveremos a vivir. Pero lo cierto es que el centenario está siendo algo pobre. Ni siquiera hemos podido ir a un partido a Anoeta este año con una camiseta oficial del centenario, puesto que el merchandising ha llegado a las tiendas hace escasas fechas. Todavía no conocemos el rival del partido con el que se conmemorará la fecha, ni muchas otras cosas que nos hubiera gustado ver. Nos queda, eso sí, la ilusión del Mueso de la Real que se instalará en los bajos de Anoeta y que veremos en septiembre.
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